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Amanece en tu espalda (y tú sin saber que tenías un sol en los hombros…)

Adelantó su mano hacia mi pelo y lo amasó con valentía (digo valentía porque llevaba tres meses pidiéndome que me casara con él, sin obtener respuesta. Lo cobarde hubiera sido irse; lo valiente, quedarse conmigo, como estaba haciendo ahora, en nuestra última tarde de otoño).

Antes de darme la vuelta, descorchó su boca y fue derramando sobre mi piel todas aquellas palabras hermosas que yo sabía que existían porque las había leído en los libros pero que nadie, jamás, hasta que él llegó, había pronunciado sobre mis soles y sobre mis muslos. Las recibía abierta, sin moverme, degustando sus nubes y sus vocales para que no se rompieran al chocar contra las sábanas. Mientras, me sembraba de angustia, sabiendo que estaba cerca, muy cerca, de decirle que sí.

Pero yo no lo quería arrastrar conmigo…

Al lado derecho de la cama, el mar levantaba su espuma queriendo dominar todos los pecados que acontecen en la habitación de dos amantes y que terminan escociendo las piernas y, a veces, la razón. Sentí pudor, más por imaginar que alguien nos viera que por sus palabras, que comenzaban a ser hermosamente obscenas.

Se hizo oscuro pero nunca negro. Él siempre inundaba todo de azul y me plantaba el cuerpo de flores; más brillantes aun que los tatuajes que adornaban mi pecho.

Yo había estado casada dos veces; ninguno de mis hombres me había cuidado como él, ninguno había utilizado mis lágrimas para regar el jazmín, ni había conseguido hacerme reír después de volver del médico. Cuando miré el reloj, eran las cinco menos cuarto de la mañana y tenía hambre. Había llegado la hora de hablar de lo feo, de lo que solo hablas cuando estás triste y quieres que todo termine.

Él se incorporó despacio, sabiendo que había miles de cristales escondidos en mis palabras y que solo una palabra suya, fuera de tono, bastaría para mandarlo al infierno.

Antes de que yo comenzara a hablar, sonrió; preludio de su belleza.

–No quiero que llores más –me dijo acariciándome los huesos y los labios–. No quiero que dejes nada por mí, aunque estoy obsesionado porque lo hagas…

–Carlos –interrumpí, muerta de miedo y perdida–, es hora de que hagas tu vida –sentencié (mentirosa de mí, perra infiel que solo desea que le laman las heridas mientras despide al amo que lo hace).

Él se levantó. No necesitábamos más palabras porque habíamos gastado todas las hermosas y nunca dejábamos que llegaran las feas. Cuando pensé que se vestía para irse, empezó a reírse a carcajadas, como último gesto desesperado.

–Vámonos a desayunar, rubia, son casi las siete y te estás quedando en los huesos. Ya sabes que no me gustan las mujeres demasiado delgadas. Después de comer volverás a darte cuenta de que no puedes vivir sin mí.

 

Mientras devorábamos un bocadillo de jamón, frente al mar de la dicha, llenos de arena los ojos y de musgo los sueños, me preguntó por qué luchaba por no amarlo. Esta vez, antes de contestarle, por fin, ¡¡que sí, que sí, que sí…!! ¡que me casaría con él y que viviría toda la vida a su lado!, mientras él lloraba sobre mis labios, me desnudé de nuevo. Esta vez por dentro:

–No es fácil que te amen cuando solo tienes un pecho; pero más difícil es cuando los dos sabemos que cualquier día a tu lado puede ser mi último amanecer.

 

 

****

homenaje a los hombres que luchan por la belleza de la mujer, sabiendo que no es lo que se ve sino lo que se siente.

Feliz miércoles, queridos, nos vemos esta tarde en Andújar en la presentación de mi nuevo libro de poesía.

Os abrazo hasta doler.

 

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