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3 Septiembre, 2009
ejecutivamaruja
10 Septiembre, 2009

mimoscapersonal

Voy en bici.
Me pongo los guantes negros
que dejan mis uñas al aire
(para rajar los fragmentos de viento).

Me cuelgo la mochila
en la espalda
(con el libro de poemas dentro) y
me voy a leer al puerto.

En el camino, siento un ligero temblor en mi ceja izquierda que se asemeja a una canción ronca de nana.

Es una mosca…

Muevo la mano, como agitando el aire.
Pero no se va.

Alargo mis pestañas hasta hacerle con ellas una sombra que la ahorque.
Pero sigue aferrada
a mi lunar,
esa laguna de piel oscura
que vive
(también)
sobre mi ceja.

Entonces oigo una voz. Muy dulce; tan de niño pequeño que casi tengo que coser las letras para saber lo que dice:
déjame viajar contigo, por favor…

Sigo pedaleando mientras pienso que contestar.

Asiento con mi cabeza y ella, aprovecha un rizo de mi pelo para hacerse con él una cama. Dormir junto a mi pensamiento…

Antes de bajarme en el banco donde leo cada día, experimento un pinchazo en la sien (izquierda, donde ella coexiste desde hace un rato) y siento como un finísimo hilo de suspiros va inyectándome dentro del cerebro un montón de neuronas de colores.

Tranquila, fierecilla,
me dice,
he conectado tu cerebro con el mio.

Y así, leemos poesía juntas. Y si ella llora, lloro yo.
Compramos juntas el pescado y ella, (acostumbrada a lo rancio), hace que pose mi mano en una cigala para disfrutar de la aún vida escurriéndose en el mostrador.

He de volver a casa, le digo.
Pero quiero volverme sola. No podría vivir con dos cerebros…

De nuevo el pinchazo, sin un reproche. De nuevo mi rizo en la cara y mis pestañas en mis ojos.
De nuevo mis hemisferios en su sitio.
Y un resto de sal en mi lunar.

Es el paleolítico
de su lágrima…

yolandaysumosca

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