Poema de lunes: mi hija y el hijo de Miguel Hernández. Poema a la infancia

poema de lunes: mi hija y el hijo de Miguel Hernández. Poema de la infancia. Homenaje

A Miguel Hernández, por su “nana de la cebolla”

 

Mi hija Marta

se aferra a mis pechos.

Y de ellos extrae,

además de vida,

un torrente de besos

y de leche.

 

(Tu hijo Manuel,

probablemente extraería

lágrimas sin luna

y las risas más amargas

de esa mujer morena

que tanto amabas).

 

Mi hija sonríe

y se alimenta

de mi alegría,

que se le filtra

por los huesos,

dejando limpio su aliento

y su futuro,

como las sábanas

que la abrazan.

 

(Tu hijo

olería a cebolla

y a humedades

en los techos.

A tus noches en vela

y a pan duro con rabia).

 

Y mi hija,

que hoy tiene flores

en las hormonas

y su piel se ríe a carcajadas,

tiene que saber

–y esto es muy importante–

que tu hijo

se alimentó

de hambre

y que a ti

(su padre),

muriéndote entre piojos

y flemas

por gritar: ¡igualdad!

solo te dejaron

cantarle una

nana.

 

 

(Homenaje a Miguel Hernández. Encargo de la Diputación de Jaén para una lámina conmemorativa en la que elegí al gran artista grafito Belin como compañero de viaje para que plasmara los versos).


Mi madre siempre me ha dicho que mis hijas eran felices. Lo dice desde que eran pequeñas y de hecho, es algo que ha reinado siempre en nuestras conversaciones más delicadas, a la hora de gestionar conflictos: “hija, aquí hemos venido a ser felices y la vida a veces nos lo va a poner duro, así que vamos a encontrar el camino para ello…”.

Desde que eran muy pequeñas y comencé a colaborar con los centros de acogida, cada noche que dejaba a una de las niñas o los niños allí y volvía a casa y le daba a mis hijas un beso de buenas noches, sentía la deuda con el mundo porque ellas eran felices y porque habían nacido en un país en el que trabajamos la igualdad cada vez más, en la que la infancia está protegida.

Cuando la Diputación de Jaén me encargó hacer un poema para el homenaje a Miguel Hernández, me vino al cuerpo la nana de la cebolla, que tantas veces se la he escuchado a mi cuñada María y que siempre, siempre, cuando la oía se emocionaba (ahora me emociono yo al recordarlo).

Y me imaginé a su hijo, en ese momento en el que Marta, mi hija, dormía en esas sábanas de algodón y tomaba el pecho nutrido de alimentos sanos y de una madre fuerte porque su entorno lo permite.

Este poema vive en mí para siempre porque no quiero olvidar de que mi misión es que mis hijas sean felices, sí, pero también hacer lo posible para que los y las hijas del mundo que estén a mi alcance lo sean.

El sábado 20 de noviembre ha sido el día internacional de la infancia. Por eso quiero compartir hoy este poema.

 

Buen lunes, con sabor a ternura y una pizca de sal de este Cantábrico que amo.

 

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