¿Quieres que Marta te meta dentro de su cajita…?

Marta, mi vikinga pequeña, tiene una cajita en su estantería desde que tenía 8 años.

En ella guarda cosas que considera hermosas. Dice que son para sus hijos, que así no se olvida de enseñarles aquello que ha sido importante en su vida (por todos los demonios, yo jamás pensé eso…).

Sin que ella lo sepa, a veces la abro, porque me parece la idea más romántica sobre el futuro que he conocido. Pido perdón por ello.

Tiene una bailarina de porcelana, por ejemplo, a la que le falta una pierna. Se la regaló su abuela y le gustaba tanto que se la llevaba a todos lados y claro, se rompió. Pero a ella nunca le importó, no dejó de encontrarle belleza. Es más, un día, imbécil de mí, pletórica porque ella me estaba enseñando los tesoros de la caja, le comenté que la bailarina estaba rota y que me parecía extraño que la guardara. “¿Y qué importa, mamá?”, me contestó. “Lo que yo quiero llevarle (lo de llevarle, me encanta) a mis hijos son cosas que me han gustado mucho a mí, no que estén nuevas. Eso no importa” (vaya lección me dio sobre la diversidad funcional, algo que todos tenemos).


 Guarda, también, un anillo que le queda grande y que le parece precioso por si tiene una hija a la que le quede bien (genial, no solo piensa en hacer bello el futuro sino el súper futuro…).

Sin embargo, dentro no está, por ejemplo, el bolígrafo que le regaló Jesús Vázquez cuando estuvo cantando en la Voz Kids, ni ninguna de las medallas que ha ganado haciendo atletismo o diploma estudiando. Ningún resto de aquello a lo que los adultos nombramos como éxito.

Solo hay cosas emocionales que la han acompañado siempre.

No le puedo preguntar nada que ella no me haya enseñado, porque se supone que esa caja no la veo (hija mía, menos mal que no lees mis artículos, prometo no obligarte nunca :)), pero os aseguro que me encantaría, porque me enseña muchísimo sobre inteligencia social.

Marta tiene una peculiar vara de medir lo que le emociona o lo que no. Y el reconocimiento público no es una de esas cosas. Me lo ha demostrado mil veces y me ha enseñado otras mil, recriminándome incluso con esa frase tan gráfica: mamá, no seas creída…

Lo mejor de toda esta historia, lo que yo os quiero contar es que cuando no cabe algo nuevo (elige poquísimas cosas y yo jamás las imaginaría), antes de cambiar la caja, saca algo que no ya no forma parte de ella, de sus emociones actuales, y así tiene sitio para ello.

Hacerle sitio a tu presente, eliminar el pasado que ya no forma parte de ti.

Esta es la idea que he aprendido de ella y la que me intento aplicar cada día. Nos empeñamos en seguir aferrados a un espacio, una persona, un lugar, un trabajo, un amigo… cuando lo mejor está siempre por venir.

Este pasado tan presente nos impide abrir el corazón a nuevas experiencias o personas. Nos tiene amputada la valentía del conocimiento y el riesgo en sí mismo; algo tan necesario para emprender tanto personal como profesionalmente.

Os dejo con vuestras cajitas 🙂

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies