Ganadores Certamen internacional de Poesía Yolanda Sáenz de Tejada 2025. El Bonillo, Albacete

Ganadores del Certamen Internacional de Poesía Yolanda Sáenz de Tejada 2025 en El Bonillo – Entrega de premios"
Bases del 2026 se publican en febrero
Primer premio: Caligrafía de lo que ya no somos, de Francisco Javier Silva

CALIGRAFÍA DE LO QUE YA NO SOMOS

«Recordar es fácil para quien tiene memoria.

Olvidar es difícil para quien tiene corazón»

Gabriel García Márquez

 

Todo permanece como lo dejamos,

como si la casa hubiera aprendido a esperar sin quejarse del abandono,

como si alguien hubiese hecho un pacto con el tiempo

para mantener intacto el temblor que aún flota entre los muebles.

 

Las puertas siguen encajadas en su incertidumbre,

las ventanas cerradas como párpados que no se atreven a recordar la luz,

y los estantes aún sostienen los libros que nunca abrimos,

como si sus páginas pudieran salvarnos del olvido si alguien las tocara.

 

El jarrón,

el mismo jarrón que nadie movió por miedo a que su vacío hablara demasiado,

sigue ahí, sosteniendo las espigas como una forma de resistencia,

como si en su inmovilidad aún habitara un gesto,

una caricia seca que no quiso deshacerse del todo.

 

Aquí jugamos a no nombrar la despedida,

a dejar nuestras voces flotando en los pasillos

como si las palabras pudieran desobedecer el paso de las estaciones.

Nos tocamos como se toca una herida recién cerrada,

con la esperanza absurda de que no vuelva a abrirse,

sin saber que el deseo, si no arde, se pudre.

 

No crecimos, no lo suficiente,

nos quedamos colgados de un instante que no quiso avanzar,

como ramas que nunca aprendieron a desprenderse del árbol,

como cuerpos que duermen abrazados a la idea del amor

pero ya no sienten el calor del otro

porque los sorprendió el invierno,

y ya no supieron en qué rincón habían escondido el fuego.

 

Ahora entiendo que no se vuelve

a un cuerpo donde las palabras ya no abren puertas,

a una casa que ya aprendió a vivir sin nosotros,

donde las paredes también olvidan el eco de los nombres

y en la que hasta la madera envejece sin que nadie la toque.

No hay regreso posible cuando el otro

ya no espera del otro lado del umbral.

 

Y sin embargo vuelvo,

con los ojos llenos de polvo y la lengua seca de tanto nombrarte,

como quien vuelve al lecho donde se hizo hombre por primera vez

y reconoce en cada grieta la respiración del deseo.

 

Vuelvo,

como quien olfatea el borde quemado de una carta,

como quien apoya la frente en una pared tibia

esperando oír del otro lado

el murmullo exacto

que tenía tu espalda cuando me decía adiós sin decirlo

 

Segundo premio: cicatrices, esteban Torres Sagra

 

CICATRICES

Sus rúbricas son siempre cicatrices

sobre el blando papel de mi epidermis,

deletéreo aluminio que tatúa,

sin ningún argumento razonable,

sin que yo oponga resistencia,

sus huellas estentóreas en mi nieve.

 

Si viene con el brío generoso

(generosamente ebrio)

además me amorata la autoestima

(y el pecho, y la garganta, y la cintura)

cuando piensa en mi débil entelequia

como en un juguete roto

a disposición de su albedrío.

 

Y continúa odiándose en silencio,

y, como casi siempre que se odia,

golpea mis vísceras sin causa

para amargarme la vida lentamente

entre gritos en fuga que se mezclan

con líquidos sonámbulos.

 

Su excusa perfecta son los celos:

la obsesión por poseerme hasta la médula

y la incongruencia de quererme con locura

enturbian su sentido -según me vocifera-

como banda sonora de su furia

cuando da rienda suelta a su violencia

y me agrede con saña troglodita.

 

Su teatro preferido es nuestra sala

y su público dilecto nuestros hijos.

 

Si me arreglo me insulta con vocablos

la fiebre que calienta su garganta,

y a pasos de gigante se agiganta,

y sus manos se vuelven manicomios

de garras y puños gananciales.

 

Si no me arreglo me reprocha,

en su lenguaje de golpes sin sentido

bajo el amortiguador de alguna almohada,

soeces vocablos de insolencia en frases

que no pueden repetirse sin oprobio.

 

Me siento involuntario pergamino

abierto a su prosodia,

a su impulso banal y sustantivo,

ciega amargura de una infancia triste

escrita con tinta, roja o blanca:

sangre cuando dice que me odia

y esperma cuando dice que me ama;

que nunca distingue una, en su ignorancia,

con la boca reclusa entre cojines,

si entre ambos existen diferencias.

 

 

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